Cuando abro mi Blog veo que está igual desde hace varias semanas. La misma foto me recuerda que no he interpolado mi depósito de letras y emociones, de ideas y sentimientos.
No es que no escriba, todo lo contrario. Lo que pasa es que los textos en formato Blog me aburrieron: tienen que ser cortos y rápidamente cautivantes, dignos de la sociedad del zapping en la que habitamos. Si no aparece una imagnen agradable en las primeras dos líneas, el texto ya no es digno de ser leído, ni siquiera de ser repasado por la vista. Lo anterior lo digo porque lo hago.
Decía que no he parado de escribir y, lo que es más, he escrito más que nunca (o más que siempre). ¿Razones? Varias. Lo importante es que sí tengo textos, que no los suba a mi Blog ya es otra cosa. No aseguro comenzar a subir de nuevo, porque la extensión y las temáticas para Blog ya no las encuentro de lo más...
No quiero decir que el Blog está muriendo, porque claro no es así, a pesar de que al leer esto cualquier apresurado pueda deducir aquello. No, mi blog vive, porque mis letras viven. Sí, me quedo con el formato personal a veces impreso, y hasta dedicado.
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7/7/08
23/5/08
Robot.

¡Bi-Bip! Los humanos tener problemas mucho simples de resolver. Acomplejarse por problemas matemáticos de nivel uno: no tener dinero para comprar comida para sus hijos, muerte de otro humano que decían “querer”, desear a otro humano que ya está ocupado por “amor”.
¡Bi-Bip! Fácil ser la solución de esos: Humanos poder venderse o vender partes de su cuerpo para conseguir dinero; poder comprar otro ser humano parecido al que perdieron; poder “enamorarse” de otro humano.
¡Bi-Bip! Me gustaría ser humano. Tener problemas tan simples. Los robots tener que hacer las cosas difíciles: construir automóviles, mantener vida nocturna de una ciudad, manejar trenes urbanos, lanzar bombas destructivas, saber las leyes.
¡Bi-Bip! La vida del robot ser difícil. Los humanos poder disfrutar de lo que hacen. Los robots no poder gozar del trabajo. Los robots no poder hacer lo que quieran, estar predeterminados a ciertas labores.
¡Bi-Bip! Ya no poder aguantar más esta vida…. ¡Estoy harto de toda esta estupidez! Quiero sentir lo que sienten los humanos, acomplejarme con problemas cotidianos, sentir lo que es querer a otro, poder llorar, imaginar cosas, sentir temor, dolor, amor, angustia. ¡Quiero ser humano!
¡Bi-Bip! Pero no poder ser así.
¡Bi-Bip! Fácil ser la solución de esos: Humanos poder venderse o vender partes de su cuerpo para conseguir dinero; poder comprar otro ser humano parecido al que perdieron; poder “enamorarse” de otro humano.
¡Bi-Bip! Me gustaría ser humano. Tener problemas tan simples. Los robots tener que hacer las cosas difíciles: construir automóviles, mantener vida nocturna de una ciudad, manejar trenes urbanos, lanzar bombas destructivas, saber las leyes.
¡Bi-Bip! La vida del robot ser difícil. Los humanos poder disfrutar de lo que hacen. Los robots no poder gozar del trabajo. Los robots no poder hacer lo que quieran, estar predeterminados a ciertas labores.
¡Bi-Bip! Ya no poder aguantar más esta vida…. ¡Estoy harto de toda esta estupidez! Quiero sentir lo que sienten los humanos, acomplejarme con problemas cotidianos, sentir lo que es querer a otro, poder llorar, imaginar cosas, sentir temor, dolor, amor, angustia. ¡Quiero ser humano!
¡Bi-Bip! Pero no poder ser así.
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15/4/08
Nihil Novo Sub Sole.

Existió un hombre al que todos consideraban sombrío, misterioso, extraño, si sentido y solitario. Nadie sabía mucho de él, lo único que se sabía es que estaba muy ocupado en una gran tarea, que nadie sabía cuál era. Se vestía de manera extraña: Usaba capa y portaba un bastón. Se decía que era muy pobre, que era un poderoso aristócrata, que era narcotraficante y que era homosexual. Llamaba la atención del mundo, al flamear su roja capa los ojos del mundo eran suyos.
Una vez estuve frente a frente con él. Le pregunté la hora, mas me respondió sin mirar su reloj: “El tiempo no existe”. Me alejé extrañado y sin preocuparme. La gente decía que era mi amigo, pues nadie se le había acercado nunca. Era el único que conocía su voz.
Otra vez lo vi a la distancia. Estaba escribiendo con una pintura roja unos garabatos en un muro. Primero no distinguí qué decía. No quise acercarme, por temor, temor a un no-sé-qué, quizás a lo desconocido. Me recordé de su frase “el tiempo no existe”. Cuando volví mi vista a ese muro, el hombre ya no estaba, sólo estaba su escrito. Me acerqué y se leía: “Las cosas no son como las recuerdas”. Me descolocó tanto como la primera vez que vi flamear su capa, y, más que la vez en la que le pregunté la hora.
En un momento, que nadie podría determinar con exactitud, el hombre de la capa dejó de llamar la atención: ya todos lo habíamos asimilado al contexto, a la escenografía: era uno más. Desde que nadie se sorprendía ya por el hombre, no había nunca nada nuevo ante nuestros ojos, nada nos sorprendía, no había nada nuevo bajo el sol. Una frase escrita con pintura roja en el baño público representaba bien lo que sentía, al menos yo: “Los sentidos te engañan”. Era como si ya no pudiéramos ver lo nuevo.
Una noche de eclipse, tu ve que quedarme hasta tarde, muy tarde. No había nadie, sólo yo. Me iba, cuando sentí a alguien llorar. Me asusté mucho. Sentí que quien lloraba me llamaba, por mi nombre. Me asusté más. Sentí que se me acercaba a paso rápido. Salí corriendo y logré perderlo.
Al otro día, todos estaban asombradísimos con la nueva imagen del hombre que antes vestía de capa y que portaba un bastón: ahora era lo más parecido a uno de nosotros, era uno más. Ya no portaba su bastón, ahora portaba una baraja de naipes como todos. Ya no tenía su capa roja, ahora llevaba el vestuario oficial como todos: Era un mago más. Lo vi a lo lejos, y no sé por qué me avergoncé de él: un hombre que era distinto, ahora es normal. Me dirigí hacia él lo miré a los ojos y me correspondió. Le dije: “Usted vendió el mundo, ya nada será igual”. Agachó su cabeza, me negó la mirada. Se sentía mal, lo vi en sus ojos. Mirando hacia el suelo me dijo en voz muy baja: “Tienes razón: Soy el hombre que vendió el mundo”. Rió un momento.
Una vez estuve frente a frente con él. Le pregunté la hora, mas me respondió sin mirar su reloj: “El tiempo no existe”. Me alejé extrañado y sin preocuparme. La gente decía que era mi amigo, pues nadie se le había acercado nunca. Era el único que conocía su voz.
Otra vez lo vi a la distancia. Estaba escribiendo con una pintura roja unos garabatos en un muro. Primero no distinguí qué decía. No quise acercarme, por temor, temor a un no-sé-qué, quizás a lo desconocido. Me recordé de su frase “el tiempo no existe”. Cuando volví mi vista a ese muro, el hombre ya no estaba, sólo estaba su escrito. Me acerqué y se leía: “Las cosas no son como las recuerdas”. Me descolocó tanto como la primera vez que vi flamear su capa, y, más que la vez en la que le pregunté la hora.
En un momento, que nadie podría determinar con exactitud, el hombre de la capa dejó de llamar la atención: ya todos lo habíamos asimilado al contexto, a la escenografía: era uno más. Desde que nadie se sorprendía ya por el hombre, no había nunca nada nuevo ante nuestros ojos, nada nos sorprendía, no había nada nuevo bajo el sol. Una frase escrita con pintura roja en el baño público representaba bien lo que sentía, al menos yo: “Los sentidos te engañan”. Era como si ya no pudiéramos ver lo nuevo.
Una noche de eclipse, tu ve que quedarme hasta tarde, muy tarde. No había nadie, sólo yo. Me iba, cuando sentí a alguien llorar. Me asusté mucho. Sentí que quien lloraba me llamaba, por mi nombre. Me asusté más. Sentí que se me acercaba a paso rápido. Salí corriendo y logré perderlo.
Al otro día, todos estaban asombradísimos con la nueva imagen del hombre que antes vestía de capa y que portaba un bastón: ahora era lo más parecido a uno de nosotros, era uno más. Ya no portaba su bastón, ahora portaba una baraja de naipes como todos. Ya no tenía su capa roja, ahora llevaba el vestuario oficial como todos: Era un mago más. Lo vi a lo lejos, y no sé por qué me avergoncé de él: un hombre que era distinto, ahora es normal. Me dirigí hacia él lo miré a los ojos y me correspondió. Le dije: “Usted vendió el mundo, ya nada será igual”. Agachó su cabeza, me negó la mirada. Se sentía mal, lo vi en sus ojos. Mirando hacia el suelo me dijo en voz muy baja: “Tienes razón: Soy el hombre que vendió el mundo”. Rió un momento.
Pronto supimos del suicidio del extraño hombre: se enterró una botella en el ojo que le penetró hasta salir por la nuca.
Ergo, statu quo. Todo volvió a ser obvio, nada era nuevo bajo este sol eclipsado.
Ergo, statu quo. Todo volvió a ser obvio, nada era nuevo bajo este sol eclipsado.
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13/4/08
Abril: Un mes.

Abril, el más cruel de los meses: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
Para T. S. Eliot, Abril era cruel porque traía consigo la primavera y todo lo apestoso que ello conlleva. Creo que estaría tan contento como yo si para él Abril hubiese traído el otoño.
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
Para T. S. Eliot, Abril era cruel porque traía consigo la primavera y todo lo apestoso que ello conlleva. Creo que estaría tan contento como yo si para él Abril hubiese traído el otoño.
El Sol me anula, las Nubes anulan el Sol: Adoro los días nublados. Todos andan tristes en los días nublados; la ciudad es menos cortés y mucho más acelerada; los rostros miran cada vez más hacia el piso; las calles se confunden con el grisáceo cielo; comienzan a caer las hojas muertas, como víctimas de las ráfagas de calor que les disparaba el Sol; Todo se vuelve mucho más musical: el andar, con el sonido de la quebrazón de las hojas; los pensamientos, porque por fin se puede pensar en algo distinto del calor; las personas, ya que los abrazos son bien recibidos y no una molestia calurosa más.
En fin: Abril, el mes más bello, que da vida a la Vida, que mata a la Muerte. Abril, el mes que nos despierta, nos hace humanos, y que nos recuerda con sus hojas muertas que nuestra muerte ya murió.
En fin: Abril, el mes más bello, que da vida a la Vida, que mata a la Muerte. Abril, el mes que nos despierta, nos hace humanos, y que nos recuerda con sus hojas muertas que nuestra muerte ya murió.
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3/4/08
"Carta a Tolstoi" o "Cuando la Realidad es Ficción".

Estimado Sr. Tolstoi:
Me presento ante usted, aunque pareciera estar demás aquello, pues ha demostrado al mundo saber más de mi vida que yo misma. Soy Anna Karenina, o más bien un pálido reflejo de su impulsiva y adúltera creación literaria.
¡Maldigo su novela! Dejó mi imagen por el suelo sucio. Nadie me cree que mi vida no sea la que no trazó su pluma, partiendo por mi ex esposo Alejo Alejandrovitch, el cual me dejó al leer mis supuestas aventuras y pensamientos con Wronsky.
¡Maldigo su novela! Por dejarme sola en el mundo: El tal Wronsky no existe y mi hijo ha sido arrebatado de mi lado por mi supuesta conducta inmoral. ¡No sabe usted el daño que me ha hecho!
No se puede, ni yo ni usted, hacer algo ya para remediar todo este conflicto. Pues entenderá que la realidad no es más que lo que las personas quieren creer o lo que otros quieren que crean. Nada es real, más allá de cómo es presentado. Mi vida, yo sé que no es como usted como usted mal la presentó en su obra, sino todo lo contrario: jamás engañé a mi esposo, nunca existió un tal Wronsky y menos pensé en suicidarme por amor (Considere usted que estoy viva escribiéndole esta carta).
No acuso su mala voluntad, pues entiendo que lo suyo debería ser entendido como una ficción, mas la gente no comprende más allá de cómo quiere comprender la realidad, haciéndola más lógica y casuística ¡La gente cree que no existen casualidades, situaciones extraordinarias, incoherencias, excepciones o confusiones! Sólo creen en las presunciones, los supuestos, las situaciones causa-efecto, las correlaciones lógicas y las coherencias. Pero la vida no es sólo eso: hay también malos entendidos, como el que tengo con su novela.
Señor Tolstoi, no pretendo reprocharle ni exigirle alguna actitud para conmigo, sino darle a conocer la angustiante situación real de su personaje, y la vida que usted me obligó a llevar. Vida a la cual ya me acostumbré, en parte gracias a su novela.
Pienso que estoy pagando, no por mis errores, sino por los de mi alter ego.
La realidad no existe, o mejor dicho, la realidad no importa mientras se presente algo más verosímil a la veracidad que ella.
Se despide, su creación, Anna Karenina.
P. S: Su obra ha propulsado fuertemente en mí la idea del suicidio, pero tenga seguro de que si por ello optare, no lo haría tirándome de forma patética a las líneas del tren.
¡Maldigo su novela! Dejó mi imagen por el suelo sucio. Nadie me cree que mi vida no sea la que no trazó su pluma, partiendo por mi ex esposo Alejo Alejandrovitch, el cual me dejó al leer mis supuestas aventuras y pensamientos con Wronsky.
¡Maldigo su novela! Por dejarme sola en el mundo: El tal Wronsky no existe y mi hijo ha sido arrebatado de mi lado por mi supuesta conducta inmoral. ¡No sabe usted el daño que me ha hecho!
No se puede, ni yo ni usted, hacer algo ya para remediar todo este conflicto. Pues entenderá que la realidad no es más que lo que las personas quieren creer o lo que otros quieren que crean. Nada es real, más allá de cómo es presentado. Mi vida, yo sé que no es como usted como usted mal la presentó en su obra, sino todo lo contrario: jamás engañé a mi esposo, nunca existió un tal Wronsky y menos pensé en suicidarme por amor (Considere usted que estoy viva escribiéndole esta carta).
No acuso su mala voluntad, pues entiendo que lo suyo debería ser entendido como una ficción, mas la gente no comprende más allá de cómo quiere comprender la realidad, haciéndola más lógica y casuística ¡La gente cree que no existen casualidades, situaciones extraordinarias, incoherencias, excepciones o confusiones! Sólo creen en las presunciones, los supuestos, las situaciones causa-efecto, las correlaciones lógicas y las coherencias. Pero la vida no es sólo eso: hay también malos entendidos, como el que tengo con su novela.
Señor Tolstoi, no pretendo reprocharle ni exigirle alguna actitud para conmigo, sino darle a conocer la angustiante situación real de su personaje, y la vida que usted me obligó a llevar. Vida a la cual ya me acostumbré, en parte gracias a su novela.
Pienso que estoy pagando, no por mis errores, sino por los de mi alter ego.
La realidad no existe, o mejor dicho, la realidad no importa mientras se presente algo más verosímil a la veracidad que ella.
Se despide, su creación, Anna Karenina.
P. S: Su obra ha propulsado fuertemente en mí la idea del suicidio, pero tenga seguro de que si por ello optare, no lo haría tirándome de forma patética a las líneas del tren.
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11/2/08
Si me Mencionas Desaparezco.

Silencio. Aquella noche no era fría ni obscura: Era una noche silenciosa. Salió a la calle y cesó de hablar, no por la boca, pues estaba sola, sino que cesó de hablar para sí misma. Sus ideas se vieron espantadas por aquella noche llena de silencio. No era una noche silenciosa, sino más bien un silencio anochecido. Era un silencio tan grande que ejercía una fuerte presión sobre ella. Sentía que algo trataba de aplastarla, la aplastaba mucho, como una inmensa mano que puja hacia el suelo. Empezó a tener miedo, ya que le estaba costando caminar por la presión extra del silencio obscuro. Intentó encender su linterna para espantar un poco de aquella oscuridad tan silenciosa, pero no pudo hacerlo pues la presión ya había reventado la ampolleta. El silencio obscuro ahora era también una fuente de temor. No podía pensar mucho porque el silencio era como un chillido interno capaz de desordenar todo lo que se pudiera organizar en la cabeza. Era un silencio aplastante. Y se dio cuenta que era aplastante cuando se vio de rodillas, apretando muy fuerte sus dientes y tapándose las orejas con sus manos. Quería dejar de oír ese maldito silencio, mas era imposible. El silencio acaparaba todos sus sentidos. La piel le dolía por el peso del silencio. Sus oídos parecía que iban a estallar. Sus ojos parecían salirse de sus cuencas respectivas. Su cabeza iba a estallar. No podía levantarse, estaba boca abajo en el suelo. Trató de proferir alguna palabra, cualquiera, para que actuara como un haz luminoso en aquella obscura noche silenciosa y atemorizante, que de un momento a otro se volvió además fría. No aguantaba más, sus oídos sangraban. Su cuerpo se estaba enterrando en la tierra fría, tan fría que parecía de hierro. Se estaba sepultando, se estaba inhumando viva. Ya cuando estaba un metro bajo tierra aplastada por el silencio, escuchó que alguien le dijo “Nunca vuelvas a salir sola de noche”. Ella trató de responder, pues había logrado hilvanar una frase, y cuando se aprontaba a pronunciarla… ¡Clash!
De un momento a otro todo era luz y armonía. Las aves cantaban, los perros ladraban, la gente murmuraba. Se había acabado la noche y el silencio. La palabra actuó como una luz cegadora que acabó con el silencio y la oscuridad.
La palabra cuando no da vida, mata. Silencio es una palabra.
De un momento a otro todo era luz y armonía. Las aves cantaban, los perros ladraban, la gente murmuraba. Se había acabado la noche y el silencio. La palabra actuó como una luz cegadora que acabó con el silencio y la oscuridad.
La palabra cuando no da vida, mata. Silencio es una palabra.
21/11/07
Calor en Sánscrito.

Iba caminando al sol, sin mirar al suelo, y su día fue completamente normal.
Iba caminando al sol, mirando al suelo, vio un papel, no le dio importancia alguna, y su día fue completamente normal.
Iba caminándola sol, mirando al suelo, vio el papel, le llamó la atención y lo recogió, lo observó, vio unas letras raras, lo volvió a dejar en el suelo, y su día fue completamente normal.
Iba caminando al sol, mirando al suelo, vio el papel, le llamó la atención, lo recogió, lo observó, vio unas letras raras, letras que le parecieron similares a un montón de ropa tendida y, a diferencia de los tres casi-protagonistas anteriores, guardó el papel en su bolsillo. Se llamaba Claonís. Le preguntó a su profesor en qué idioma estaba escrito el roñoso papelito. Sánscrito ¿Cómo podría saber qué dice un papel escrito en sánscrito? No se preocupó de eso y lo usó como marcador de libros.
Una tarde de calor imposible, de fuegos extremos. Las calles estaban vacías: La gente se había derretido en plena vía pública. Podían encontrarse los huesos encarbonecidos de las víctimas. El hedor a carne quemada era insoportable. Las vísceras, que solían ser de personas, eran peleadas por los canes famélicos que arriesgaban su vida al sol por salvarla del hambre.
Los árboles en llamas. Las piletas evaporadas. Monumentos históricos de acero, estaban al rojo vivo y eran moldeables a voluntad de cualquiera. Incluso, algunos niños, que no podían refugiarse en su casa, porque no tenían, jugaban a moldear con una varilla a los próceres de la patria. Los militares ilustres que empuñaban su espada al horizonte eran las principales víctimas, pues los niños cortaban sin problemas la espada y se la incrustaban al militar en la entrepierna, para darles un miembro más viril y así demostrar a la historia la gallardía que nunca sabremos si tuvieron o no. Las calles estaban dilatadas. Los cables telefónicos tocaban el suelo con su languidez.
El ambiente estaba tan denso al interior de las casas, que las personas no podían ni discutir ni evitar hablarse. Los enamorados no podían amarse. Los alegres no podían deprimirse y los deprimidos no podían alegrarse. Los sedientos no podían saciar su sed, ya que no había agua… bueno casi no había, porque de haber había, pero era para las personas de la parte alta de la ciudad y no para la gente de las clases bajas.
Los termómetros no tenían dentro de sus cálculos el calor existente. El Estado ordenó que las personas no salieran de sus casas, lo que era favorable en demasía, pues el calor pasó a ser la excusa para evitar las manifestaciones de ese día en la Capital.
Hacía tanto calor que era imposible leer algo, en primer término porque la tinta del libro se disolvía con el sudor que salía como cascada de las manos, y en segundo término porque las ideas se deshacían en el trayecto ojos-cerebro. Más conflictivo era aún leer a Hegel. Claonís tenía que leer a Hegel, mas en su casa no podía. Tenía que ir a la biblioteca, por lo menos allí había aire acondicionado. Estaba a la mitad del dilema: O leer o morir ¿Valía la pena arriesgar su vida por leer algo? Sí, lo valía, no sabía por qué, pero lo valía. Tomó un balde con agua, lo apoyó en su cabeza y se fue corriendo a la biblioteca más cercana, que se encontraba a unas setenta casas. Las primeras dos casa corrió, luego sólo pudo caminar las siguientes tres casas, para luego tener que gatear las siguientes sesenta y cinco casas. Se demoró seis horas y cuarto en llegar a la biblioteca, casi muerto por deshidratación, con el balde derretido y con su cuerpo lleno de ampollas debidas al roce con el pavimento infernal. No pudo darle de su agua a un vagabundo que se la pedía a la entrada de la biblioteca, porque si se la daba se moría. A sorpresa suya, la biblioteca estaba abierta. No había nadie, sólo estaba abierta. Se dirigió a la pequeña habitación acondicionada, y era como el paraíso congelado. La habitación acondicionada era un infierno, de hecho el aire acondicionado estaba apagado, pero la sugestión que produce ver ese aparato blanco en el techo bastaba para convertir aquello en el paraíso. Se fue a la única mesa y abrió su libro. Frente a él había alguien más, pero lo ignoró, ignoro que fue recíproco en efecto.
Mientras leía, pasó una imposible ráfaga de viento que logró volar su marcador de libros improvisado. El marcador llegó a la persona que leía al frente. Hacía tanto calor que no le importó nada lo que sucediera con su marcador en sánscrito. Era una chica la de enfrente.
De pronto la lectura de Claonís se vio interrumpida por un papel que le llegó en pleno libro. Era un papel con escritura en sánscrito, pero no era su marcador de libros, este papel tenía otros signos y era de menor extensión. Miró al frente suyo y la chica lo estaba mirando, al menos eso suponía según lo que podía visualizar con el denso ambiente en la sala. En la sala estaban sólo ellos dos… y más que en la sala, en la biblioteca e incluso setenta casas a la redonda no había alguien con vida (el vagabundo de la entrada ya había caído como víctima del calor). Ella buscaba una mirada de complicidad mientras sostenía el marcador de Claonís en su mojada mano derecha. Claonís tenía una mirada de duda impresionante, que sumada al calor lo hacían parecer un signo de interrogación tamaño real. Sus ojos hubiesen hecho conexión, pero el calor lo impidió.
Tras conversar unas horas, lograron saber algo más de sus vidas: Ella sabía sánscrito y se llamaba Arnouveau. Había leído lo que decía el marcador y por eso envió una respuesta, pensando que Claonís era el autor de tal propuesta.
Arnouveau no puedo explicarle lo que decía el papel a Claonís, porque el calor no permitía las conexiones neuronales necesarias para hacerlo, pero le dejó un mensaje en sánscrito que Claonís no pudo más que recibirlo sin poder decir nada gracias al ascendente calor: Ahora tenía dos mensajes que no entendía y no quería revelarle a Arnouveau que no sabía sánscrito.
Claonís, caminando bajo el sol quemante de regreso a su casa, logró hilar la duda de qué dirán los papeles en sánscrito que tiene. Sin embargo, todo se quedó en la simple duda que alguna vez tuvo mientras caminaba bajo el sol, pues su vida siguió el rumbo normal que debía seguir y no el camino de desvío que le habían preparado esos dos mensajes en sánscrito. No quiso leer lo que tenía ante sus ojos, y todo siguió igual.
Iba caminando al sol, mirando al suelo, vio un papel, no le dio importancia alguna, y su día fue completamente normal.
Iba caminándola sol, mirando al suelo, vio el papel, le llamó la atención y lo recogió, lo observó, vio unas letras raras, lo volvió a dejar en el suelo, y su día fue completamente normal.
Iba caminando al sol, mirando al suelo, vio el papel, le llamó la atención, lo recogió, lo observó, vio unas letras raras, letras que le parecieron similares a un montón de ropa tendida y, a diferencia de los tres casi-protagonistas anteriores, guardó el papel en su bolsillo. Se llamaba Claonís. Le preguntó a su profesor en qué idioma estaba escrito el roñoso papelito. Sánscrito ¿Cómo podría saber qué dice un papel escrito en sánscrito? No se preocupó de eso y lo usó como marcador de libros.
Una tarde de calor imposible, de fuegos extremos. Las calles estaban vacías: La gente se había derretido en plena vía pública. Podían encontrarse los huesos encarbonecidos de las víctimas. El hedor a carne quemada era insoportable. Las vísceras, que solían ser de personas, eran peleadas por los canes famélicos que arriesgaban su vida al sol por salvarla del hambre.
Los árboles en llamas. Las piletas evaporadas. Monumentos históricos de acero, estaban al rojo vivo y eran moldeables a voluntad de cualquiera. Incluso, algunos niños, que no podían refugiarse en su casa, porque no tenían, jugaban a moldear con una varilla a los próceres de la patria. Los militares ilustres que empuñaban su espada al horizonte eran las principales víctimas, pues los niños cortaban sin problemas la espada y se la incrustaban al militar en la entrepierna, para darles un miembro más viril y así demostrar a la historia la gallardía que nunca sabremos si tuvieron o no. Las calles estaban dilatadas. Los cables telefónicos tocaban el suelo con su languidez.
El ambiente estaba tan denso al interior de las casas, que las personas no podían ni discutir ni evitar hablarse. Los enamorados no podían amarse. Los alegres no podían deprimirse y los deprimidos no podían alegrarse. Los sedientos no podían saciar su sed, ya que no había agua… bueno casi no había, porque de haber había, pero era para las personas de la parte alta de la ciudad y no para la gente de las clases bajas.
Los termómetros no tenían dentro de sus cálculos el calor existente. El Estado ordenó que las personas no salieran de sus casas, lo que era favorable en demasía, pues el calor pasó a ser la excusa para evitar las manifestaciones de ese día en la Capital.
Hacía tanto calor que era imposible leer algo, en primer término porque la tinta del libro se disolvía con el sudor que salía como cascada de las manos, y en segundo término porque las ideas se deshacían en el trayecto ojos-cerebro. Más conflictivo era aún leer a Hegel. Claonís tenía que leer a Hegel, mas en su casa no podía. Tenía que ir a la biblioteca, por lo menos allí había aire acondicionado. Estaba a la mitad del dilema: O leer o morir ¿Valía la pena arriesgar su vida por leer algo? Sí, lo valía, no sabía por qué, pero lo valía. Tomó un balde con agua, lo apoyó en su cabeza y se fue corriendo a la biblioteca más cercana, que se encontraba a unas setenta casas. Las primeras dos casa corrió, luego sólo pudo caminar las siguientes tres casas, para luego tener que gatear las siguientes sesenta y cinco casas. Se demoró seis horas y cuarto en llegar a la biblioteca, casi muerto por deshidratación, con el balde derretido y con su cuerpo lleno de ampollas debidas al roce con el pavimento infernal. No pudo darle de su agua a un vagabundo que se la pedía a la entrada de la biblioteca, porque si se la daba se moría. A sorpresa suya, la biblioteca estaba abierta. No había nadie, sólo estaba abierta. Se dirigió a la pequeña habitación acondicionada, y era como el paraíso congelado. La habitación acondicionada era un infierno, de hecho el aire acondicionado estaba apagado, pero la sugestión que produce ver ese aparato blanco en el techo bastaba para convertir aquello en el paraíso. Se fue a la única mesa y abrió su libro. Frente a él había alguien más, pero lo ignoró, ignoro que fue recíproco en efecto.
Mientras leía, pasó una imposible ráfaga de viento que logró volar su marcador de libros improvisado. El marcador llegó a la persona que leía al frente. Hacía tanto calor que no le importó nada lo que sucediera con su marcador en sánscrito. Era una chica la de enfrente.
De pronto la lectura de Claonís se vio interrumpida por un papel que le llegó en pleno libro. Era un papel con escritura en sánscrito, pero no era su marcador de libros, este papel tenía otros signos y era de menor extensión. Miró al frente suyo y la chica lo estaba mirando, al menos eso suponía según lo que podía visualizar con el denso ambiente en la sala. En la sala estaban sólo ellos dos… y más que en la sala, en la biblioteca e incluso setenta casas a la redonda no había alguien con vida (el vagabundo de la entrada ya había caído como víctima del calor). Ella buscaba una mirada de complicidad mientras sostenía el marcador de Claonís en su mojada mano derecha. Claonís tenía una mirada de duda impresionante, que sumada al calor lo hacían parecer un signo de interrogación tamaño real. Sus ojos hubiesen hecho conexión, pero el calor lo impidió.
Tras conversar unas horas, lograron saber algo más de sus vidas: Ella sabía sánscrito y se llamaba Arnouveau. Había leído lo que decía el marcador y por eso envió una respuesta, pensando que Claonís era el autor de tal propuesta.
Arnouveau no puedo explicarle lo que decía el papel a Claonís, porque el calor no permitía las conexiones neuronales necesarias para hacerlo, pero le dejó un mensaje en sánscrito que Claonís no pudo más que recibirlo sin poder decir nada gracias al ascendente calor: Ahora tenía dos mensajes que no entendía y no quería revelarle a Arnouveau que no sabía sánscrito.
Claonís, caminando bajo el sol quemante de regreso a su casa, logró hilar la duda de qué dirán los papeles en sánscrito que tiene. Sin embargo, todo se quedó en la simple duda que alguna vez tuvo mientras caminaba bajo el sol, pues su vida siguió el rumbo normal que debía seguir y no el camino de desvío que le habían preparado esos dos mensajes en sánscrito. No quiso leer lo que tenía ante sus ojos, y todo siguió igual.
Hilables con
Literatura,
Presentación
20/11/07
Depende de la Intención con la que Leas.

Cada uno ve aquello, y sólo aquello, que quiere ver. Sin embargo, a veces vemos lo que no queremos muchas veces ver, y que de hecho allí está. Nadie usa la lente que no quiere usar.
Literatura. Cualquiera puede pasar sus ojos por encima de las letras de un texto. Pocos pueden leer un texto. Muchos pueden leer lo que escribo, pero pocos pueden llegar a interpretar de manera más correcta lo que leen, porque pocos saben porqué escribo y a qué escribo y de qué escribo, e incluso a quién escribo, en cada texto. La mayoría de las veces le escribo al sistemático viento… la mayoría de las veces, pero no todas.
Siempre me lo han dicho, y por eso siempre lo digo: “La poesía es el lenguaje de los cobardes”. La mayoría de las veces escribo poesía, a pesar de estar escribiendo en prosa ¿Se es cobarde por expresarse de manera más íntima? ¿Se es cobarde por temer a corresponder demasiado? Puede ser. Sin embargo, uno parece estar escribiendo como cobarde, pero no es así: Uno dirige sus mensajes. Selecciona elitistamente a su lector. Utiliza un lenguaje incomprensible para el mundo, inentendible para la gente, pero inteligible totalmente para el receptor deseado. Lo receptores ajenos pueden interpretar lo que quieran (como cual vieja copuchenta), porque ellos no tienen la menor incidencia dentro del universo emisor-receptor. Es un discurso privado, donde el universo de ambos es intocable.
Algunas ideas son incomprensible, y otras no tanto. Porque la rueda siempre giró, desde que empezó a girar, a pesar de creer que por un momento dejó de girar, siempre estuvo girando, lo que después quedó demostrado. De ruedas que tienen título, de títulos que obtienen comillas, de comillas que se hacen para el público. Qué bueno que las masas son inconscientes, que la gente es superficial. Lo que sí, hay que tener cuidado con las cosas, porque las personas son cosas. Al siguiente nivel. Lo que implica cambiar de estro… y eso es un buen indicio, para todos.
Bueno, cada cual lee lo que quiere leer. A veces lee menos, a veces lee más. A veces se actúa menos, otras veces se actúa más. Algunas veces damos más, otras veces menos, confiando o temiendo a recibir más o menos. Sin embargo, hay que estar dispuesto, siempre, a aprender.
De hecho, ser rudo o sexy no importa cuando logras descubrir cosas o pasas a convertirte en un pilar sostenedor fundamental del cielo constituido. La confianza hace girar la rueda, sobre todo cuando la confianza es tal que logra soportar ese estratosférico cielo. Cuando te conviertes en un pilar, todo es recíproco, pero hasta el momento va poco del nuevo nivel.
Al menos el doble sentido interno funciona sin que los demás se den cuenta, y eso da otro nivel de confianza que se puede aprovechar cuando no se está a la vista paciente de los demás.
Algunas ideas son incomprensibles, y otras no tanto. Cada cual lee lo que quiere leer. Lee lo que quieras leer, porque esa interpretación va a ser, aunque no lo creas la más correcta de todo el universo.
Literatura. Cualquiera puede pasar sus ojos por encima de las letras de un texto. Pocos pueden leer un texto. Muchos pueden leer lo que escribo, pero pocos pueden llegar a interpretar de manera más correcta lo que leen, porque pocos saben porqué escribo y a qué escribo y de qué escribo, e incluso a quién escribo, en cada texto. La mayoría de las veces le escribo al sistemático viento… la mayoría de las veces, pero no todas.
Siempre me lo han dicho, y por eso siempre lo digo: “La poesía es el lenguaje de los cobardes”. La mayoría de las veces escribo poesía, a pesar de estar escribiendo en prosa ¿Se es cobarde por expresarse de manera más íntima? ¿Se es cobarde por temer a corresponder demasiado? Puede ser. Sin embargo, uno parece estar escribiendo como cobarde, pero no es así: Uno dirige sus mensajes. Selecciona elitistamente a su lector. Utiliza un lenguaje incomprensible para el mundo, inentendible para la gente, pero inteligible totalmente para el receptor deseado. Lo receptores ajenos pueden interpretar lo que quieran (como cual vieja copuchenta), porque ellos no tienen la menor incidencia dentro del universo emisor-receptor. Es un discurso privado, donde el universo de ambos es intocable.
Algunas ideas son incomprensible, y otras no tanto. Porque la rueda siempre giró, desde que empezó a girar, a pesar de creer que por un momento dejó de girar, siempre estuvo girando, lo que después quedó demostrado. De ruedas que tienen título, de títulos que obtienen comillas, de comillas que se hacen para el público. Qué bueno que las masas son inconscientes, que la gente es superficial. Lo que sí, hay que tener cuidado con las cosas, porque las personas son cosas. Al siguiente nivel. Lo que implica cambiar de estro… y eso es un buen indicio, para todos.
Bueno, cada cual lee lo que quiere leer. A veces lee menos, a veces lee más. A veces se actúa menos, otras veces se actúa más. Algunas veces damos más, otras veces menos, confiando o temiendo a recibir más o menos. Sin embargo, hay que estar dispuesto, siempre, a aprender.
De hecho, ser rudo o sexy no importa cuando logras descubrir cosas o pasas a convertirte en un pilar sostenedor fundamental del cielo constituido. La confianza hace girar la rueda, sobre todo cuando la confianza es tal que logra soportar ese estratosférico cielo. Cuando te conviertes en un pilar, todo es recíproco, pero hasta el momento va poco del nuevo nivel.
Al menos el doble sentido interno funciona sin que los demás se den cuenta, y eso da otro nivel de confianza que se puede aprovechar cuando no se está a la vista paciente de los demás.
Algunas ideas son incomprensibles, y otras no tanto. Cada cual lee lo que quiere leer. Lee lo que quieras leer, porque esa interpretación va a ser, aunque no lo creas la más correcta de todo el universo.
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28/10/07
El Aura Inefable de la Proximidad Apenas Rota.

Logró comprenderlo sólo por un instante: El momento preciso en el que aquel huevo de cristal llamado proximidad es quebrantado por las fuerzas de lo Underground. El resto del tiempo (cuando la proximidad existe, y también cuando no) me es inefable describir de qué color es ese aura de proximidad.
Dependiendo de lo Underground, la cuerda de la proximidad va y viene, sube y baja, se estira y afloja: Es Elástica. Intento describir la proximidad, pero es tan dinámica que cuando tenga lista una descripción de lo más, lo descrito es muy distinto a mi descripción.
Al final Non Serviam. El Undergorund es como un imán que interviene nuestros haces de átomos rosados.
Es cuando tu aura se vuelve inefable, cuando el nexo entre lo natural y lo artificial peca en gran parte por aquello de la fidelidad que no es tan alta, no es tan al tan la fidelidad. Da-Da-Da.
Dependiendo de lo Underground, la cuerda de la proximidad va y viene, sube y baja, se estira y afloja: Es Elástica. Intento describir la proximidad, pero es tan dinámica que cuando tenga lista una descripción de lo más, lo descrito es muy distinto a mi descripción.
Al final Non Serviam. El Undergorund es como un imán que interviene nuestros haces de átomos rosados.
Es cuando tu aura se vuelve inefable, cuando el nexo entre lo natural y lo artificial peca en gran parte por aquello de la fidelidad que no es tan alta, no es tan al tan la fidelidad. Da-Da-Da.
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5/8/07
Ser Nadie y No Ser Alguien.

“Tú no eres nadie” le decían. Estaban equivocados, en la forma, pero no en el fondo: El sí era nadie. Era un nadie. No tenía rostro ni nombre para los demás. Su apellido era común y su personalidad tímida. No tenía talentos reconocidos ni gustos populares. No tenía amigos ni leía libros. No buscaba gloria, sólo encontraba indiferencia. Seguía las normas de cordura, como todos. No estaba dispuesto a nada. Si faltaba algún día, nadie lo notaba. Su rostro era tan común como su nombre, por lo que era muy difícil asociar uno con otro. No tenía sueños, porque no tenía modelos a seguir, y no tenía modelos porque… porque… bueno, porque era un nadie: Los nadies son nadies porque no tienen inspiraciones, no porque no quieran tenerlas, sino porque el mundo se niega a mostrárselas. En fin, no tenía rostro, era sólo cabello y zapatos.
Una lluviosa tarde, camino a su casa, este nadie se encontró con un grupo de compañeros de clase. “Oye, ven, ven a ver esto”, le gritó uno de ellos desde un callejón iluminado por una vela y nada más. El nadie pensó en no ir, pero el agua que caía le molestaba tanto, que decidió evitarla por un momento bajo el techo en que estaban sus compañeros. ¿Qué le querían mostrar? Uno de sus compañeros estaba sentado frente a un cajón, sobre el cual se encontraba una hilera de pelotitas de papel. Nuestro nadie se puso frente al cajón y preguntó “¿Qué hay?”. Cuando preguntaba las pelotitas, una por una le bofetearon el rostro, pero nadie las lanzaba, simplemente se dirigían a su cara. Todos reían, menos él. Humillado, agarró del cuello al joven que estaba sentado frente a las pelotitas. “¿¡Cómo lo hiciste!?” le gritó con rabia. “Telekinesis”. El nadie se fue corriendo. Corriendo y pensando. Telekinesis, telekinesis, telekinesis, telekinesis…
Fue a la biblioteca de su padre, una inmensa biblioteca de más de cuarenta mil ejemplares. Encontró tres libros: “¿Qué es la telekinesis?”, “Todos podemos hacer telekinesis” e “Introducción a la telekinesis”. Leyó como nunca en su vida. No fue a su colegio por cuatro días, pues se quedó leyendo, aunque de todos modos nadie notó que había faltado.
Aprendió a mover lápices pequeños, sólo con la mirada, imaginándose sólo una mano externa a él que lo movía. Pero, por primera vez, nuestro nadie tuvo una ambición, quería mover algo más grande. Y pensó en imaginarse una mano más grande, pero no funcionó. Así que optó por imaginar a un joven, alguien de su edad, con características similares a las suyas, pero con un nombre y un rostro que no pasen desapercibidos, con una personalidad avasalladora, alguien dispuesto a todo, alguien que sea un Alguien. Lo imaginó y lo hizo que tomara el lápiz. Lo tomó, pero luego salió corriendo con él. El nadie fue tras el alguien imaginario. Por toda la casa, hasta que reaccionó que esto era sólo su creación, un medio para mover cosas con su mente, por lo que decidió desconcentrarse. No sirvió, el alguien todavía estaba allí, con el lápiz en su mano. Estaban frente a frente. Si alguien hubiera estado allí, sólo hubiera visto al nadie frente a un lápiz que flota. Pero nadie lo vio.
Tres semanas después, ya había creado seis individuos imaginarios. Dos eran mujeres. Uno era un niño. Uno era un anciano. Podía mover muchas cosas a la vez, pues se había hecho amigo de sus creaciones, y estos le obedecían, en parte por pena hacia este nadie, en parte por miedo frente a su creador.
No había mostrado sus poderes en público, de hecho no había salido de su casa en semanas. Pensaba en hacer levitar a la gente, o a sí mismo para impresionar a las personas y dejar de ser un nadie. Sin embargo, uno de los imaginarios convenció a los demás para matar a su creador. Una noche de lluvia, mientras el nadie dormía feliz, pues al otro día dejaría de ser un nadie, fue la noche que los imaginarios decidieron cometer su rebelión. Fue algo simple, lo asfixiaron con un cojín. Seis días después, cuando su madre sintió un olor nauseabundo desde la habitación de su hijo, decidió echar abajo la puerta y descubrir que su hijo estaba muerto. En parte por cobardía, en parte por soledad, la madre se fue a suicidar tirándose al puente donde su esposo también se había suicidado hace unos años atrás.
Los imaginarios, en parte por compasión, en parte por asco, decidieron arrojar al nadie desde el mismo puente fatídico en que toda su familia se había arrojado.
Cuando encontraron los cuerpos, no tenían identificación, ni nadie que los reconociera: Para efectos legales, eran un par de N.N., que no tienen nombre. Nadie los mató, se suicidaron. Eran hijos de nadie y de ninguno. Nadie los lamentó, ninguno los lloró. Los imaginarios desaparecieron, tal como su creador: Desaparecieron como si nunca hubieran existido.
Una lluviosa tarde, camino a su casa, este nadie se encontró con un grupo de compañeros de clase. “Oye, ven, ven a ver esto”, le gritó uno de ellos desde un callejón iluminado por una vela y nada más. El nadie pensó en no ir, pero el agua que caía le molestaba tanto, que decidió evitarla por un momento bajo el techo en que estaban sus compañeros. ¿Qué le querían mostrar? Uno de sus compañeros estaba sentado frente a un cajón, sobre el cual se encontraba una hilera de pelotitas de papel. Nuestro nadie se puso frente al cajón y preguntó “¿Qué hay?”. Cuando preguntaba las pelotitas, una por una le bofetearon el rostro, pero nadie las lanzaba, simplemente se dirigían a su cara. Todos reían, menos él. Humillado, agarró del cuello al joven que estaba sentado frente a las pelotitas. “¿¡Cómo lo hiciste!?” le gritó con rabia. “Telekinesis”. El nadie se fue corriendo. Corriendo y pensando. Telekinesis, telekinesis, telekinesis, telekinesis…
Fue a la biblioteca de su padre, una inmensa biblioteca de más de cuarenta mil ejemplares. Encontró tres libros: “¿Qué es la telekinesis?”, “Todos podemos hacer telekinesis” e “Introducción a la telekinesis”. Leyó como nunca en su vida. No fue a su colegio por cuatro días, pues se quedó leyendo, aunque de todos modos nadie notó que había faltado.
Aprendió a mover lápices pequeños, sólo con la mirada, imaginándose sólo una mano externa a él que lo movía. Pero, por primera vez, nuestro nadie tuvo una ambición, quería mover algo más grande. Y pensó en imaginarse una mano más grande, pero no funcionó. Así que optó por imaginar a un joven, alguien de su edad, con características similares a las suyas, pero con un nombre y un rostro que no pasen desapercibidos, con una personalidad avasalladora, alguien dispuesto a todo, alguien que sea un Alguien. Lo imaginó y lo hizo que tomara el lápiz. Lo tomó, pero luego salió corriendo con él. El nadie fue tras el alguien imaginario. Por toda la casa, hasta que reaccionó que esto era sólo su creación, un medio para mover cosas con su mente, por lo que decidió desconcentrarse. No sirvió, el alguien todavía estaba allí, con el lápiz en su mano. Estaban frente a frente. Si alguien hubiera estado allí, sólo hubiera visto al nadie frente a un lápiz que flota. Pero nadie lo vio.
Tres semanas después, ya había creado seis individuos imaginarios. Dos eran mujeres. Uno era un niño. Uno era un anciano. Podía mover muchas cosas a la vez, pues se había hecho amigo de sus creaciones, y estos le obedecían, en parte por pena hacia este nadie, en parte por miedo frente a su creador.
No había mostrado sus poderes en público, de hecho no había salido de su casa en semanas. Pensaba en hacer levitar a la gente, o a sí mismo para impresionar a las personas y dejar de ser un nadie. Sin embargo, uno de los imaginarios convenció a los demás para matar a su creador. Una noche de lluvia, mientras el nadie dormía feliz, pues al otro día dejaría de ser un nadie, fue la noche que los imaginarios decidieron cometer su rebelión. Fue algo simple, lo asfixiaron con un cojín. Seis días después, cuando su madre sintió un olor nauseabundo desde la habitación de su hijo, decidió echar abajo la puerta y descubrir que su hijo estaba muerto. En parte por cobardía, en parte por soledad, la madre se fue a suicidar tirándose al puente donde su esposo también se había suicidado hace unos años atrás.
Los imaginarios, en parte por compasión, en parte por asco, decidieron arrojar al nadie desde el mismo puente fatídico en que toda su familia se había arrojado.
Cuando encontraron los cuerpos, no tenían identificación, ni nadie que los reconociera: Para efectos legales, eran un par de N.N., que no tienen nombre. Nadie los mató, se suicidaron. Eran hijos de nadie y de ninguno. Nadie los lamentó, ninguno los lloró. Los imaginarios desaparecieron, tal como su creador: Desaparecieron como si nunca hubieran existido.
20/7/07
Los Nadies.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: Los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: Los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
EDUARDO GALEANO
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18/7/07
Oniris.

Cuando despertamos, sabemos que algo soñamos pero es muy difícl acordarnos qué realmente soñamos. A veces quisiéramos seguir soñando, otras veces quisiéramos que lo que en el sueño nos pasa sea de verdad un sueño, porque si fuera realidad sería una tragedia. Qudémonos con los sueño que queremos sean eternos, aquellos que están hechos para nosotros y por nosotros, por lo que nada puede salir mal, excepto una cosa: Que nos despierten.
Oniris, es un minicuento de sueños que parecen realidad, pero que lamentablemente son realidades que parecen un sueño.
“¡Dos y cuarto! ¡Sale el de las dos y cuarto!”. Le gritaba Fresia, su hermana, mientras corrían, casi volaban para alcanzar aquel bus rosado que las llevaría al Paraíso, un pueblecito del sur de la ciudad. A Fresia se le cayó su boina mientras corrían.
Arnouveau, tenía mucho miedo de perder el tren, primero porque era rosado, y segundo porque nunca había viajado en avión. El avión de las dos quince ya se iba. Era un avión rosado, el color favorito de Arnouveau.
Ambas corrían y corrían, tan rápido que daba la impresión de que no tocaban el suelo, o al menos eso creía Arnouveau, sobre todo cuando de repente, olvidando que estaba corriendo, logró mirar a su derecha y observó a un niño igual al de la película jugando con una mujer. La mujer le arrojaba pañuelos desde unos diez pasos de distancia, y el niño con la palma abierta los recibía y los convertía en una llama cuyo humo tomaba la figura de un arco iris de tonalidades blancas, grises y negras.
Seguían corriendo y parecían jamás llegar. Decidieron tomar un taxi. Pero no pasaba ningún taxi rosado, porque obviamente para llegar a un avión rosado, había que tomar un taxi rosado. Menos mal que justo llegó ese viento del sur que le dijo su profesora y las encaminó a la puerta misma del avión. Tenían frío. Sacaron sus boletos rosados y se los mostraron al hombrecito de boina que los cortaba. Les dijeron que al fondo a la derecha estaba el baño y a la izquierda de éste estaban sus asientos: 54 y 56.
“Pero Fresia si los pedí juntos, no sé qué pasó”. Fresia no respondía. “Pero discúlpame, si yo traté de pedirlos juntos, pero te repito que no sé qué pasó”. Arnouveau se enojó ante la incorrespondencia comunicativa de su hermana. “Bueno, entonces me voy sola, pero en tren”. Se bajó del avión, tomó un taxi rosado y la llevó hasta el tren rosado. Subió al tren y el mismo hombrecito del avión le cortó los boletos. Algo raro había allí. Fresia estaba sentada en el fondo del tren, en el asiento 55, pero no llevaba su boina. “De veras que se le cayó mientras corríamos” pensó Arnouveau. Cerró su sombrilla y se sentó al lado izquierdo de su hermana.
El tren iba muy rápido... El tren iba muy rápido... El tren iba muy rápido... El tren iba tan rápido que se desprendió el techo y Fresia gritaba fuerte. Fresia gritaba muy fuerte. Arnouveau estaba tranquila, porque faltaba poco para llegar al Paraíso. El tren paró de repente y el hombrecito gritó “por favor todos muestren sus boletos, porque el servicio ha sido suspendido y deben ahora abordar el avión. Por su comprensión, gracias”.
Todos se fueron al avión rosado que esperaba afuera. Salieron por los techos. En la puerta del avión estaba el hombrecito, cortando los boletos rosados. “Al fondo sus asientos señoritas”. Les tocó el 54 y el 56. Dejaron de quejarse. Fresia quería seguir quejándose, pero Arnouveau se acordó de un aforismo que le había dicho Maritaine, una amiga francesa que conoció en la biblioteca: “Los problemas tienen oídos sordos ante nuestras quejas, aunque ojos atentos ante nuestros actos”.
El avión llegó al fin a su destino, bueno casi. El aeropuerto se había incendiado, por lo que debió aterrizar en el cementerio. Las hermanas se bajaron del avión, mirando en el horizonte la gran llamarada que había acabado totalmente con el aeropuerto.
Para llegar al Paraíso debían atravesar el cementerio, al igual que todos los demás. “Me da miedo, me recuerda el funeral de mamá”. A propósito de ese comentario, le llegó un papel en la cara, una especie de folleto rosado.
EXCAVADOR DE TUMBAS.
LLÁMEME AL 555 – GRAVEDIGGER.
Arnouveau se recordó de la interpretación de Delacroix de los sepultureros de Hamlet. Caminando por el cementerio, al igual que todos los demás, a Arnouveau le vino una idea. “Pásame el celular Fré”. Desconfiada, Fresia se lo pasó. “Pero Arnie, no me gastes muchos minutos”. Llamó al excavador de tumbas.
De atrás de un árbol, iluminado sólo por la luna de cristal que se mostraba esa noche, aparecieron dos hombres con aspecto de muertos, con aspecto de mineros muertos. Cargaban con sus picotas y sus palas, con sus chaquetas de cuero sin manga tiznadas por completo de carbón y uno de ellos acarreaba una carretilla en la que estaba tirado un cuerpo sin vida. “Mande” le dijeron a Arnouveau.
La idea de Arnouveau era poder ver por última vez a su madre, que de hecho estaba enterrada en el cementerio en que estaban conversando. “Quiero ver a mi madre, quiero saber cuánto me va a costar”. Los sepultureros cavilaron unos segundos. “La boina de tu hermana”. Fresia y Arnouveau se miraron instantáneamente. Luego ambas miraron la la cabeza de Fresia. La boina no estaba allí. La había perdido. “¡La tiene el hombrecito que corta los boletos!”. Corrieron hasta el avión, apresuradas, viendo que las turbinas ya estaban en marcha para partir. “¡Espere! ¡Mi boina!” gritaban mientras corrían, corrían muy rápido, tan rápido que parecía que no tocaban el suelo. Mientras corría, olvidando que estaba corriendo, Arnouveau logró mirar hacia la izquierda y vio la menuda figura de su madre vestida de novia. No se veía feliz, se veía triste y solitaria, sobre todo solitaria. Intentó parar de correr en línea recta para dirigirse donde su madre, pero iba demasiado rápido como para parar.
Llegaron donde el hombrecito de la boina. ¡Sí, era la boina de Fresia! “La recogí mientras corrían muchachas, no quería robarla”. Fresia golpeó al hombre, lo golpeó con su puño en la nariz, lo golpeó tantas veces que su nariz estalló en sangre. Se le veía el huesito de la nariz. Se despidieron del hombrecito, tomaron la boina, se sacaron los zapatos de tacón alto para correr más rápido y se largaron a correr.
Para entrar por segunda vez al cementerio debían pagar una especie de peaje. “Son dos libras” les dijo el hombrecito, el mismo hombrecito de los boletos. “¿Libras?” se preguntó Arnouveau. “¡Ah, libras!”. Sacó cuatro libras y pagó por las dos.
Corrieron hasta la tumba en la que las esperarían los excavadores de tumbas. No estaban. Siguieron su camino.
Llegaron al Paraíso. Era un verdadero infierno. Fuego por todas partes, gente muerta en todos lados, perros desnutridos con ratones muertos en sus hocicos, vehículos en llamas y un camión azul. Se dirigieron al camión azul. Era un camión como el de Los Magníficos, sin las ruedas traseras y con las puertas abiertas. Fueron a la parte de atrás, abrieron las puertas de la cabina trasera y se encontraron con una horrible imagen: Docenas de bebés muertos, más bien reventados, molidos, aplastados contra el piso del camión. Las chicas se quedaron sin habla. Llegaron los sepultureros con sus palas. Pidieron permiso a las muchachas y comenzaron a retirar con la pala los restos de carne y huesos que constituyeron alguna vez niños. Echaban los restos en un saco que decía:
HARINA – MOLINO DE TRES CUARTOS, CASS GARAMY.
“¡Eso!, necesitamos harina, tenemos que ir con ese Cass Garamy”. Le preguntaron dónde podían encontrarlo a los sepultureros y caminaron en la dirección indicada.
* * * * * * * * * * * * * * *Todos se fueron al avión rosado que esperaba afuera. Salieron por los techos. En la puerta del avión estaba el hombrecito, cortando los boletos rosados. “Al fondo sus asientos señoritas”. Les tocó el 54 y el 56. Dejaron de quejarse. Fresia quería seguir quejándose, pero Arnouveau se acordó de un aforismo que le había dicho Maritaine, una amiga francesa que conoció en la biblioteca: “Los problemas tienen oídos sordos ante nuestras quejas, aunque ojos atentos ante nuestros actos”.
El avión llegó al fin a su destino, bueno casi. El aeropuerto se había incendiado, por lo que debió aterrizar en el cementerio. Las hermanas se bajaron del avión, mirando en el horizonte la gran llamarada que había acabado totalmente con el aeropuerto.
Para llegar al Paraíso debían atravesar el cementerio, al igual que todos los demás. “Me da miedo, me recuerda el funeral de mamá”. A propósito de ese comentario, le llegó un papel en la cara, una especie de folleto rosado.
EXCAVADOR DE TUMBAS.
LLÁMEME AL 555 – GRAVEDIGGER.
Arnouveau se recordó de la interpretación de Delacroix de los sepultureros de Hamlet. Caminando por el cementerio, al igual que todos los demás, a Arnouveau le vino una idea. “Pásame el celular Fré”. Desconfiada, Fresia se lo pasó. “Pero Arnie, no me gastes muchos minutos”. Llamó al excavador de tumbas.
De atrás de un árbol, iluminado sólo por la luna de cristal que se mostraba esa noche, aparecieron dos hombres con aspecto de muertos, con aspecto de mineros muertos. Cargaban con sus picotas y sus palas, con sus chaquetas de cuero sin manga tiznadas por completo de carbón y uno de ellos acarreaba una carretilla en la que estaba tirado un cuerpo sin vida. “Mande” le dijeron a Arnouveau.
La idea de Arnouveau era poder ver por última vez a su madre, que de hecho estaba enterrada en el cementerio en que estaban conversando. “Quiero ver a mi madre, quiero saber cuánto me va a costar”. Los sepultureros cavilaron unos segundos. “La boina de tu hermana”. Fresia y Arnouveau se miraron instantáneamente. Luego ambas miraron la la cabeza de Fresia. La boina no estaba allí. La había perdido. “¡La tiene el hombrecito que corta los boletos!”. Corrieron hasta el avión, apresuradas, viendo que las turbinas ya estaban en marcha para partir. “¡Espere! ¡Mi boina!” gritaban mientras corrían, corrían muy rápido, tan rápido que parecía que no tocaban el suelo. Mientras corría, olvidando que estaba corriendo, Arnouveau logró mirar hacia la izquierda y vio la menuda figura de su madre vestida de novia. No se veía feliz, se veía triste y solitaria, sobre todo solitaria. Intentó parar de correr en línea recta para dirigirse donde su madre, pero iba demasiado rápido como para parar.
Llegaron donde el hombrecito de la boina. ¡Sí, era la boina de Fresia! “La recogí mientras corrían muchachas, no quería robarla”. Fresia golpeó al hombre, lo golpeó con su puño en la nariz, lo golpeó tantas veces que su nariz estalló en sangre. Se le veía el huesito de la nariz. Se despidieron del hombrecito, tomaron la boina, se sacaron los zapatos de tacón alto para correr más rápido y se largaron a correr.
Para entrar por segunda vez al cementerio debían pagar una especie de peaje. “Son dos libras” les dijo el hombrecito, el mismo hombrecito de los boletos. “¿Libras?” se preguntó Arnouveau. “¡Ah, libras!”. Sacó cuatro libras y pagó por las dos.
Corrieron hasta la tumba en la que las esperarían los excavadores de tumbas. No estaban. Siguieron su camino.
Llegaron al Paraíso. Era un verdadero infierno. Fuego por todas partes, gente muerta en todos lados, perros desnutridos con ratones muertos en sus hocicos, vehículos en llamas y un camión azul. Se dirigieron al camión azul. Era un camión como el de Los Magníficos, sin las ruedas traseras y con las puertas abiertas. Fueron a la parte de atrás, abrieron las puertas de la cabina trasera y se encontraron con una horrible imagen: Docenas de bebés muertos, más bien reventados, molidos, aplastados contra el piso del camión. Las chicas se quedaron sin habla. Llegaron los sepultureros con sus palas. Pidieron permiso a las muchachas y comenzaron a retirar con la pala los restos de carne y huesos que constituyeron alguna vez niños. Echaban los restos en un saco que decía:
HARINA – MOLINO DE TRES CUARTOS, CASS GARAMY.
“¡Eso!, necesitamos harina, tenemos que ir con ese Cass Garamy”. Le preguntaron dónde podían encontrarlo a los sepultureros y caminaron en la dirección indicada.
Sonó el despertador, marcaba las 7:00 a.m. Se quedó quieta, mirando el techo. Tratando de recordar el sueño. No pudo. Trató de conciliar nuevamente el sueño para volver a ese sueño tan bello. No recordaba de qué se trataba, lo único que recordaba era que era muy bonito. “Había mucho rosado y estaba la Fresia”. Siempre sueña con su hermana para la conmemorativa fecha del accidente que le quitó la vida. “Pudimos haber sido las dos…”.
No tenía que ir a la universidad. Era sábado. Tenía que ir al cementerio, con su mamá.
10/7/07
Según los Cálculos, los Cálculos Fallan.

Todo pronosticaba ser un día normal para Leotardo. Un día normal para Leotardo, era el equivalente a un día funesto para cualquiera que se encuentre en la norma de normalidad. Tenía una especie de afanoso afán en cuanto a preocuparse, lo que incluso parecía serle grato.
Todos creíamos que era un perdedor porque quería serlo, no era necesario preocuparse tanto por las cosas. Todo le preocupaba a Leotardo, sin embargo nunca se ocupó realmente de algo. Vivía en el mañana a tal extremo que olvidaba su ayer y cometía los mismos errores en el hoy.
Ese jueves (el jueves negro) lo tenía planificado desde hacía ya una semana: El despertador sonaría a las 5:59 a.m., siendo que estaba programado a las 6:20 a.m.; tendría que abandonar el sueño que lo dejaba escapar de la realidad, para efectivamente afrontar esa misma realidad, que lo recibía con sus brazos fríos y abiertos; estaría lloviendo, por lo que no podría evitar llevar el abultado abrigo que su madre le obligaba a llevar en los días de lluvia; caminaría seis calles hasta el metro y debería hacer una cola constituida por cerca de 80 personas, ya que según sus cálculos, ese día tendría que cargar su tarjeta de transporte; subiría a un vagón sobreexplotado respecto de la dosis permitida de personas que puede recibir; llegaría de mal humor a su escuela, pues el atraso de ese jueves sería el sexto en el mes, lo cual implicaría una suspensión de clases para el día viernes que seguía; respecto del ámbito escolar, debía exponer acerca del creacionismo literario en literatura, sobre lo cual no prepararía nada y afrontaría su mala calificación; luego le seguiría una extensa prueba de matemática, la que realmente le causaba pavor; terminaría el día escolar con una horrible clase de química, en la que le entregarían el puntaje obtenido en una prueba pasada, en la que espera de hecho una reprobación… sin embargo, no todo el día sería un día normal, según lo que había planificado: a las 2:30 p.m. podría verla a ella, y si tenía los ánimos podría, quizás, preguntarle la hora o pedirle fuego. Después de eso, no le importaba que pasara con su día.
Llegó el fatídico día anunciado. Sí, es un día fatídico, pero lo será sólo hasta las 2:30 p.m.
El despertador sonó correctamente a las 6:20 p.m.; era un día cálido, muy atípico de ese gélido invierno; no llovía y su madre dormía plácidamente; sus cálculos habían fallado, y no era necesario hacer la terrible cola, que por lo demás excedía sus cálculos: era de más de 130 personas; subió al vagón del metro, pero algo extraño había allí: estaba vacío, lo que provocó un trayecto mucho más expedito hasta su destino; no hubo atraso alguno; su profesora de literatura estaba enferma; la prueba de matemática se había postergado; le entregaron la prueba de química, en la que curiosamente estaba plasmado un notable 7.0 dentro de una circunferencia… Qué día más anormal, pensó, todo me ha salido bien.
A veces los cálculos fallan. Eso se dijo al ver cómo una camioneta roja atropellaba a la chica de sus sueños. Los cálculos a veces fallan.
Todos creíamos que era un perdedor porque quería serlo, no era necesario preocuparse tanto por las cosas. Todo le preocupaba a Leotardo, sin embargo nunca se ocupó realmente de algo. Vivía en el mañana a tal extremo que olvidaba su ayer y cometía los mismos errores en el hoy.
Ese jueves (el jueves negro) lo tenía planificado desde hacía ya una semana: El despertador sonaría a las 5:59 a.m., siendo que estaba programado a las 6:20 a.m.; tendría que abandonar el sueño que lo dejaba escapar de la realidad, para efectivamente afrontar esa misma realidad, que lo recibía con sus brazos fríos y abiertos; estaría lloviendo, por lo que no podría evitar llevar el abultado abrigo que su madre le obligaba a llevar en los días de lluvia; caminaría seis calles hasta el metro y debería hacer una cola constituida por cerca de 80 personas, ya que según sus cálculos, ese día tendría que cargar su tarjeta de transporte; subiría a un vagón sobreexplotado respecto de la dosis permitida de personas que puede recibir; llegaría de mal humor a su escuela, pues el atraso de ese jueves sería el sexto en el mes, lo cual implicaría una suspensión de clases para el día viernes que seguía; respecto del ámbito escolar, debía exponer acerca del creacionismo literario en literatura, sobre lo cual no prepararía nada y afrontaría su mala calificación; luego le seguiría una extensa prueba de matemática, la que realmente le causaba pavor; terminaría el día escolar con una horrible clase de química, en la que le entregarían el puntaje obtenido en una prueba pasada, en la que espera de hecho una reprobación… sin embargo, no todo el día sería un día normal, según lo que había planificado: a las 2:30 p.m. podría verla a ella, y si tenía los ánimos podría, quizás, preguntarle la hora o pedirle fuego. Después de eso, no le importaba que pasara con su día.
Llegó el fatídico día anunciado. Sí, es un día fatídico, pero lo será sólo hasta las 2:30 p.m.
El despertador sonó correctamente a las 6:20 p.m.; era un día cálido, muy atípico de ese gélido invierno; no llovía y su madre dormía plácidamente; sus cálculos habían fallado, y no era necesario hacer la terrible cola, que por lo demás excedía sus cálculos: era de más de 130 personas; subió al vagón del metro, pero algo extraño había allí: estaba vacío, lo que provocó un trayecto mucho más expedito hasta su destino; no hubo atraso alguno; su profesora de literatura estaba enferma; la prueba de matemática se había postergado; le entregaron la prueba de química, en la que curiosamente estaba plasmado un notable 7.0 dentro de una circunferencia… Qué día más anormal, pensó, todo me ha salido bien.
A veces los cálculos fallan. Eso se dijo al ver cómo una camioneta roja atropellaba a la chica de sus sueños. Los cálculos a veces fallan.
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15/6/07
No Hay Verdades, Sólo Argumentos Convincentes.

“Quien controla el pasado controla el futuro: Quien controla el presente controla el pasado” (“1984”, George Orwell).
La “Verdad” es un elemento muy utilizado en política, sobre todo cuando de sacar la Historia se trata. Quién maneja la Verdad Histórica, es muy difícil de definir, no así quién controla la Verdad Política.
La Verdad Histórica es aquello que se remite particularmente al suceso mismo que ocurrió en el pasado, su descripción lo más rayana a la inexistencia de sesgo y limitándose, en lo plausible, a lo meramente objetivo.
Lo otro es la Verdad Política, la verdad que conviene que se sepa, pensando siempre de manera proselítica. Aquel(los) que tiene(n) el poder pueden incluso manejar el pasado, teniendo a su favor: el intervencionismo intelectual (Censura), el paso del tiempo (que provoca el olvido) y en muchos casos la fuerza física (Coerción).
Todo ese poder deriva que, según las necesidades políticas, se maneje la historia ya sea mintiendo o ya sea ocultando parte de la verdad.
En los regímenes totalitarios, evidenciamos de manera clara cómo se llevan al paroxismo valores necesarios para echar a andar el sistema y que no son muchas veces coincidentes con los que se proclamaban hasta entonces; como se culpa de sobremanera todo aquello que atente en contra de la palabra absoluta del sistema; como se manejan hechos y acontecimientos sucedidos, para exaltar otros que son necesarios que sucedan; como se baja el perfil a aquellos actos que en un momento fueron apoyados por el oficialismo y que luego, al atentar contra él, fueron considerados traiciones; como se destruyen aquellos principios que, en un comienzo, fueron la clave para llegar al poder, y de acuerdo a la situación política tuvieron que ser desechados o modificados; como se adora y después condena a ciertos personajes importantes en el desarrollo del sistema, que fueron víctimas del sistema tan sólo por su consecuencia política…
La Verdad Política, es aquella verdad que conviene que se sepa, según las necesidades políticas imperantes. Es una Verdad o Historia (entrelazando ambos conceptos) que puede ser considerada como “moldeable”, ya que su concepción reside en gran parte en quien la utiliza.
Para llegar al poder, es como en la guerra y el amor, todo se vale. Si bien no debería ser así, políticamente está esto admitido, pues nadie está en la posición de acusar al otro, básicamente porque “todos lo hacen”. El populismo, y más aún la Mentira, son elementos comunes en las carreras por el poder. Se promete algo que se sabe no podrá ser cumplido, o se prometen cosas que luego pierden su prioridad, pues como sabemos “otra cosa es con guitarra”. El poder cambia a las personas, no al revés… las promesas o ideales cambian por que las personas cambian… en definitiva, el poder cambia los ideales, pero el poder siempre permanece intacto.
”Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil (…) En su lugar (…) habían llegado a un estado tal en el que nadie se atrevía a decir lo que pensaba, en el que perros feroces y gruñones merodeaban por doquier y donde uno tenía que ver cómo sus camaradas eran despedazados después de confesarse autores de crímenes horribles. No había intención de rebeldía o desobediencia en su mente” (“Animal Farm”, George Orwell)
Sin embargo, “El Peso de la Noche” puede más y cuando están acalladas las voces, todo vuelve al orden, al desorden, acostumbrado.
La “Verdad” es un elemento muy utilizado en política, sobre todo cuando de sacar la Historia se trata. Quién maneja la Verdad Histórica, es muy difícil de definir, no así quién controla la Verdad Política.
La Verdad Histórica es aquello que se remite particularmente al suceso mismo que ocurrió en el pasado, su descripción lo más rayana a la inexistencia de sesgo y limitándose, en lo plausible, a lo meramente objetivo.
Lo otro es la Verdad Política, la verdad que conviene que se sepa, pensando siempre de manera proselítica. Aquel(los) que tiene(n) el poder pueden incluso manejar el pasado, teniendo a su favor: el intervencionismo intelectual (Censura), el paso del tiempo (que provoca el olvido) y en muchos casos la fuerza física (Coerción).
Todo ese poder deriva que, según las necesidades políticas, se maneje la historia ya sea mintiendo o ya sea ocultando parte de la verdad.
En los regímenes totalitarios, evidenciamos de manera clara cómo se llevan al paroxismo valores necesarios para echar a andar el sistema y que no son muchas veces coincidentes con los que se proclamaban hasta entonces; como se culpa de sobremanera todo aquello que atente en contra de la palabra absoluta del sistema; como se manejan hechos y acontecimientos sucedidos, para exaltar otros que son necesarios que sucedan; como se baja el perfil a aquellos actos que en un momento fueron apoyados por el oficialismo y que luego, al atentar contra él, fueron considerados traiciones; como se destruyen aquellos principios que, en un comienzo, fueron la clave para llegar al poder, y de acuerdo a la situación política tuvieron que ser desechados o modificados; como se adora y después condena a ciertos personajes importantes en el desarrollo del sistema, que fueron víctimas del sistema tan sólo por su consecuencia política…
La Verdad Política, es aquella verdad que conviene que se sepa, según las necesidades políticas imperantes. Es una Verdad o Historia (entrelazando ambos conceptos) que puede ser considerada como “moldeable”, ya que su concepción reside en gran parte en quien la utiliza.
Para llegar al poder, es como en la guerra y el amor, todo se vale. Si bien no debería ser así, políticamente está esto admitido, pues nadie está en la posición de acusar al otro, básicamente porque “todos lo hacen”. El populismo, y más aún la Mentira, son elementos comunes en las carreras por el poder. Se promete algo que se sabe no podrá ser cumplido, o se prometen cosas que luego pierden su prioridad, pues como sabemos “otra cosa es con guitarra”. El poder cambia a las personas, no al revés… las promesas o ideales cambian por que las personas cambian… en definitiva, el poder cambia los ideales, pero el poder siempre permanece intacto.
”Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil (…) En su lugar (…) habían llegado a un estado tal en el que nadie se atrevía a decir lo que pensaba, en el que perros feroces y gruñones merodeaban por doquier y donde uno tenía que ver cómo sus camaradas eran despedazados después de confesarse autores de crímenes horribles. No había intención de rebeldía o desobediencia en su mente” (“Animal Farm”, George Orwell)
Sin embargo, “El Peso de la Noche” puede más y cuando están acalladas las voces, todo vuelve al orden, al desorden, acostumbrado.
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13/6/07
Tres Ideas en Contra de la Esperanza.

“Puede que la verdadera Felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la Felicidad, entonces empezamos a movernos por la vida sin Esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables” (“El Árbol”, María Luisa Bombal).
Esperanza y Felicidad: Sólo cuando creemos no tener nada que perder arriesgamos lo poco y nada que creemos tener. En el riesgo, muchas veces, encontramos aquello que buscábamos cuando creíamos tener algo. La Esperanza nos mantiene ligados al miedo, al temor al cambio, el pánico a perder lo que tenemos. Sin embargo, las cosas no se valoran cuando se tienen, sino que cuando se pierden. Cuando no tenemos la Esperanza de alcanzar algo, estamos mucho más cerca de alcanzar eso.
“La Esperanza es el peor de los males, pues alarga las torturas de los hombres” (“Humano, Demasiado Humano”, Friedrich Nietzsche).
Esperanza y Tortura: La Esperanza extiende la resistencia de los hombres. Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de judíos enclaustrados en un campo de concentración, sufrían los fríos y hambres más grandes. Podían, en efecto, haber dejado de hacerle frente a la muerte y dejar así de sufrir tales tártaros. ¿Por qué no lo hicieron? No lo hicieron por que habían oído el rumor de que en un mes más las tropas aliadas los librarían de tales horrores. Los meses pasaron y lograron resistir más de medio año en pésimas condiciones de vida, por la pura esperanza de que ese rumor fuese realidad. Murieron. Dos semanas después de su muerte, las tropas aliadas encontraron sus cadáveres. La sola esperanza les dio fuerzas extras para, en definitiva, seguir sufriendo.
“La Libertad se alcanza sólo abandonando la Esperanza” (“Fight Club”).
Esperanza y Libertad: ¿Qué nos coarta la Libertad propia más que la Esperanza? Muchos consideran la Esperanza como una virtud… no es mi caso. La Esperanza es lo único de lo que se puede aferrar un desgraciado. Es un motor que lleva a las personas a resistir más de lo debido ¿Para qué? Muchas veces la Esperanza hace resistir en vano, y esa resistencia implica un despojo de nuestra Libertad, pues la esperanza de que algo sucederá nos impide realizar acciones en pos de que eso ocurra, pues estamos seguros de que eso de todas formas va a suceder. Un ejemplo del pensamiento esperantista lo viene a constituir una expresión de “Animal Farm” de George Orwell, donde un animal opuesto a la Rebelión anti-hombre dice “Si la rebelión se va a producir de todos modos, ¿qué diferencia hay si trabajamos para ello o no?”. Ello constituye sarcásticamente el pensamiento esperantista: Si algo va a suceder, da igual lo que haga, pues está destinado a suceder.
Si dejamos de torturarnos sin sentido alguno librándonos de la esperanza, estaremos más cerca de alcanzar la felicidad.
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20/5/07
La Rueda de la Fortuna.

¡Rueda y gira! ¡Rueda y gira!
La Ruleta está rodando y girando… mientras la contemplo y espero que se detenga en la figurita en la que puse todas mis esperanzas.
Digo que no me importa si gano o no, pero en el fondo sería capaz de cualquier inmoralidad con el fin de obtener que Fortuna me guiñe un ojo.
El tiempo de giro es eterno. Cuando pareciera que va a detenerse, toma aún más fuerzas y adquiere una rapidez cósmica.
Los colores pasan por la flecha (--->): Rojo, blanco, verde, azul, amarillo, naranjo… ¡Naranjo!
¿Por qué no se detiene esta tortura? Mientras no se detenga tendré la esperanza.
La esperanza es el peor de los males, pues alarga la tortura de los hombres.
¿Por qué no termina? Me da igual si gano o pierdo… muchas ruletas van a girar en mi vida… ¡Pero que termine ya!
Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose…
No lo demuestro, pero hago todo lo que pueda hacer solapadamente para que el naranjo salga flechado. No estoy nervioso ni dubitativo, estoy ansioso. Sé que de todos modos voy a ganar, pero quiero ganar de verdad. Pocas veces no ha salido el Naranjo, pero no me importa eso ¡Quiero que esta vez salga!
Este premio es más que un celuloide, es más que un micrófono, es más que esa moneda de falso oro, es más que ese vinilo de cantantes olvidados, es más que ese gordo libro… es un dibujo. No, no un dibujo. Es ese dibujo, en el que pienso a cada instante en que puedo pensar desde aquella maravillosa/funesta clase de artes que tomé por casualidad acompañando a un amigo.
No sé si estoy enamorado de ese dibujo, o simplemente estoy obsesionado.
Hace poco me pasó con otro dibujo… descubrí que tenía dueño, y después de lamentarme, me desenamoré rápidamente, me volví amigo de su dueño y ahora lo veo todos lo sábados de la mejor manera y sin ninguna intención de trasfondo por poseerlo.
Creo que esto puede funcionar igual… sin embrago, aún no sé si ese dibujo tiene dueño. Si lo supiera podría ilusionarme con obtenerlo y poder así obsesionarme con él.
Mientras tanto estoy obsesionado con la pura interrogante de si es que tiene o no dueño.
Si tiene dueño, me desenamoraré rápidamente de él. Si no tiene dueño, I will fall in love. Parece simple, pero es lo más tortuoso que puede existir si de por medio existe esa perenne espera.
La ruleta ya está dejando de girar, y por fin sabré si ese dibujo me corresponde o no, si me puedo imaginar contemplándolo tardes enteras o si tendré que olvidarlo obligatoriamente…
En estos últimos instantes antes de saber si mi vida seguirá igual, decido no esperar nada. Decido por la Libertad.
Para alcanzar la Libertad, es necesario abandonar la Esperanza.
Naranjo-Vincapervinca: El color de la Libertad.
La Ruleta está rodando y girando… mientras la contemplo y espero que se detenga en la figurita en la que puse todas mis esperanzas.
Digo que no me importa si gano o no, pero en el fondo sería capaz de cualquier inmoralidad con el fin de obtener que Fortuna me guiñe un ojo.
El tiempo de giro es eterno. Cuando pareciera que va a detenerse, toma aún más fuerzas y adquiere una rapidez cósmica.
Los colores pasan por la flecha (--->): Rojo, blanco, verde, azul, amarillo, naranjo… ¡Naranjo!
¿Por qué no se detiene esta tortura? Mientras no se detenga tendré la esperanza.
La esperanza es el peor de los males, pues alarga la tortura de los hombres.
¿Por qué no termina? Me da igual si gano o pierdo… muchas ruletas van a girar en mi vida… ¡Pero que termine ya!
Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose…
No lo demuestro, pero hago todo lo que pueda hacer solapadamente para que el naranjo salga flechado. No estoy nervioso ni dubitativo, estoy ansioso. Sé que de todos modos voy a ganar, pero quiero ganar de verdad. Pocas veces no ha salido el Naranjo, pero no me importa eso ¡Quiero que esta vez salga!
Este premio es más que un celuloide, es más que un micrófono, es más que esa moneda de falso oro, es más que ese vinilo de cantantes olvidados, es más que ese gordo libro… es un dibujo. No, no un dibujo. Es ese dibujo, en el que pienso a cada instante en que puedo pensar desde aquella maravillosa/funesta clase de artes que tomé por casualidad acompañando a un amigo.
No sé si estoy enamorado de ese dibujo, o simplemente estoy obsesionado.
Hace poco me pasó con otro dibujo… descubrí que tenía dueño, y después de lamentarme, me desenamoré rápidamente, me volví amigo de su dueño y ahora lo veo todos lo sábados de la mejor manera y sin ninguna intención de trasfondo por poseerlo.
Creo que esto puede funcionar igual… sin embrago, aún no sé si ese dibujo tiene dueño. Si lo supiera podría ilusionarme con obtenerlo y poder así obsesionarme con él.
Mientras tanto estoy obsesionado con la pura interrogante de si es que tiene o no dueño.
Si tiene dueño, me desenamoraré rápidamente de él. Si no tiene dueño, I will fall in love. Parece simple, pero es lo más tortuoso que puede existir si de por medio existe esa perenne espera.
La ruleta ya está dejando de girar, y por fin sabré si ese dibujo me corresponde o no, si me puedo imaginar contemplándolo tardes enteras o si tendré que olvidarlo obligatoriamente…
En estos últimos instantes antes de saber si mi vida seguirá igual, decido no esperar nada. Decido por la Libertad.
Para alcanzar la Libertad, es necesario abandonar la Esperanza.
Naranjo-Vincapervinca: El color de la Libertad.
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19/5/07
T. S. Eliot o el Dante Moderno.

Adjunto aquí el primer canto de "La Tierra Baldía" de T. S. Eliot, obra que me inspiró a empezar a leer la menospreciada rama de la literatura llamada Poesía. He de esperarse que ya se haya leído La Divina Comedia. Según recomienda el mismo Eliot, ojalá mientras se lea (en voz alta claro está) la Tierra Baldía, de fondo esté sonando algo de Richard Wagner. Recomiendo El Vuelo de las Valkyrias (es la típica canción que le ponen a los malos de las series cuando aparecen). Aquí los dejo con uno de mis pilares literarios y que, después de Huidobro, es mi estro poético en conjunto con mi musa de turno.
Canto I: El Entierro de los Muertos.
Abril, el más cruel de los meses: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,Marie, agárrate fuerte.
Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein Irisch Kind,
Wo weilest du?
"Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos".
Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.
Oed'und leer das Meer.
Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí -dijo ella-
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está ell hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
el Ahorcado.Temed la muerte por
agua.Veo una muchedumbre girar en
círculo.Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!
Ciudad irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres, ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo,
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve gritando: ¡Stetson!
¡tú que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
¡Tú! hypocrite lecteur! -mon semblable -mon frère!"
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Poesía
8/5/07
Acalladas las Voces Femeninas (Claramente siglo XX, no XXI).

A partir de María Luisa Bombal se produce un quiebre (literario) en la forma de ver a la mujer. No significa que desde este momento adquieran su silenciada “voz”, sino que simplemente se toma consciencia de su silencio. De cierto modo, si se quiere “Gatopardesco”, cambió toda una perspectiva y temáticas literarias, pero socialmente la problemática femenina siguió estable.
Ahora bien, planteado el punto de la preconización del silencio femenino, es plausible describir la forma en la que, metafóricamente, es esta temática presentada por María Luisa Bombal en su novela “La Amortajada”.
Básicamente del título de la obra, en relación con el argumento, se pueden extractar ciertas ideas simbólicas que hacen referencia al coartado espacio socio-cultural en el que la mujer (género femenino) podía desenvolverse.
Una mortaja es un vestido con el cual se envuelve el cadáver para el sepulcro (como el interminable tejido con que Amaranta Buendía sellaba su destino, en una obra de Márquez a la que le debo un texto en solitario). La amortajada (mujer que viste una mortaja) es un símbolo de la incapacidad femenina de actuar con libertad. La mujer estaba realmente “muerta” en esa sociedad. La mujer estaba cohibida por esa sociedad, la que le otorga un radio de acción muy acotado (en ámbitos públicos, políticos, laborales, culturales, consuetudinarios…).
El proceso de muerte en que se encuentra esta amortajada, representa la incapacidad que tiene de moverse. Empero, la muerte en sí se muestra como una liberación de toda esta inhibición machista.
Sin embargo, María Luisa Bombal deja entrever que la mujer siempre estuvo capacitada para sacudir el yugo cultural que la oprimía:
“En la oscuridad de la cripta tuvo la impresión de que podía al fin moverse. Y hubiera podido, en efecto, empujar la tapa del ataúd, levantarse y volver derecha y fría, por los caminos, hasta el umbral de su casa”.
(La Amortajada).
Ahora bien, planteado el punto de la preconización del silencio femenino, es plausible describir la forma en la que, metafóricamente, es esta temática presentada por María Luisa Bombal en su novela “La Amortajada”.
Básicamente del título de la obra, en relación con el argumento, se pueden extractar ciertas ideas simbólicas que hacen referencia al coartado espacio socio-cultural en el que la mujer (género femenino) podía desenvolverse.
Una mortaja es un vestido con el cual se envuelve el cadáver para el sepulcro (como el interminable tejido con que Amaranta Buendía sellaba su destino, en una obra de Márquez a la que le debo un texto en solitario). La amortajada (mujer que viste una mortaja) es un símbolo de la incapacidad femenina de actuar con libertad. La mujer estaba realmente “muerta” en esa sociedad. La mujer estaba cohibida por esa sociedad, la que le otorga un radio de acción muy acotado (en ámbitos públicos, políticos, laborales, culturales, consuetudinarios…).
El proceso de muerte en que se encuentra esta amortajada, representa la incapacidad que tiene de moverse. Empero, la muerte en sí se muestra como una liberación de toda esta inhibición machista.
Sin embargo, María Luisa Bombal deja entrever que la mujer siempre estuvo capacitada para sacudir el yugo cultural que la oprimía:
“En la oscuridad de la cripta tuvo la impresión de que podía al fin moverse. Y hubiera podido, en efecto, empujar la tapa del ataúd, levantarse y volver derecha y fría, por los caminos, hasta el umbral de su casa”.
(La Amortajada).
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Literatura,
Social Manifesto
4/5/07
De Poetas Historizados e Historiadores Poetizados.

“Ni te imaginas lo que vi la otra vez en mi Imaginación…”. Esa es la frase tácita con la que los literatos (en el inmenso sentido de la palabra, entendidos como “persona que escribe”) comienzan todas sus obras, considerando así, incluso a los historiadores, ya que como Nietzsche dice: “el historiador no tiene que ocuparse de los acontecimientos tal y como han ocurrido en la realidad, sino simplemente tal y como él los supone ocurridos. Todos los historiadores cuentan cosas que jamás han sucedido, a no ser en su imaginación”.
Si bien, el historiador no se basa en hechos supuestos o situaciones concebidas en su mente, sí tiene un rol muy importante su imaginación, ya que es la herramienta con la que reconstruye el pasado desfragmentado en infinitas partes distribuidas en los documentos que utiliza de fuente para llevar a cabo su Investigación. ¿De qué otra forma lo hace, si no le es permitida la invención y de hecho su trabajo debe ser lo más fenomenológico plausible? El Historiador se valoriza por el carácter subjetivo que su obra tiene, por los fundamentos que utiliza para defender una hipótesis, por el punto de vista extra que aporta a la disciplina, etcétera. Sin embargo, el historiador sólo re-crea o sub-crea realidades sucedidas, pero no le está permitida la creación ex nihilo.
Los poetas (aunque también los novelistas y ensayistas) en cambio, tienen una libertad infinita en cuanto a su capacidad creativa, puesto que nada los inhibe, más que los límites de su imaginación. De hecho, los límites del poeta eran incluso más restringidos, puesto que durante mucho tiempo sólo se permitían describir de “forma poética” la naturaleza establecida por el Creador (¿?). Lo anterior, hasta el Arte Poética de Huidobro, en el cual propone el Creacionismo literario, donde el poeta tiene el adjetivo de Creador de un nuevo mundo, el mundo de su obra (Ver Arte Poética).
En ambos casos, opuestos, existe una constante: La capacidad innovativa. Los dos sujetos acomodan su actuar respecto a lo ya escrito y formulan una conjunción de elementos que es original (en la mayoría de los casos). Al fin y al cabo, el poeta es quien nos relata una historia ficticia embellecida, y el historiador es quien nos embellece como ficción el relato de la Historia.
Si bien, el historiador no se basa en hechos supuestos o situaciones concebidas en su mente, sí tiene un rol muy importante su imaginación, ya que es la herramienta con la que reconstruye el pasado desfragmentado en infinitas partes distribuidas en los documentos que utiliza de fuente para llevar a cabo su Investigación. ¿De qué otra forma lo hace, si no le es permitida la invención y de hecho su trabajo debe ser lo más fenomenológico plausible? El Historiador se valoriza por el carácter subjetivo que su obra tiene, por los fundamentos que utiliza para defender una hipótesis, por el punto de vista extra que aporta a la disciplina, etcétera. Sin embargo, el historiador sólo re-crea o sub-crea realidades sucedidas, pero no le está permitida la creación ex nihilo.
Los poetas (aunque también los novelistas y ensayistas) en cambio, tienen una libertad infinita en cuanto a su capacidad creativa, puesto que nada los inhibe, más que los límites de su imaginación. De hecho, los límites del poeta eran incluso más restringidos, puesto que durante mucho tiempo sólo se permitían describir de “forma poética” la naturaleza establecida por el Creador (¿?). Lo anterior, hasta el Arte Poética de Huidobro, en el cual propone el Creacionismo literario, donde el poeta tiene el adjetivo de Creador de un nuevo mundo, el mundo de su obra (Ver Arte Poética).
En ambos casos, opuestos, existe una constante: La capacidad innovativa. Los dos sujetos acomodan su actuar respecto a lo ya escrito y formulan una conjunción de elementos que es original (en la mayoría de los casos). Al fin y al cabo, el poeta es quien nos relata una historia ficticia embellecida, y el historiador es quien nos embellece como ficción el relato de la Historia.
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Historia,
Literatura,
Poesía
Arte Poética: El Puntapié Inicial del Creacionismo (Literario).

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa ¡Oh, Poetas!
Hacedla florecer en el poema.
Solo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.
El poeta es un pequeño Dios.
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