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23/5/08

Robot.


¡Bi-Bip! Los humanos tener problemas mucho simples de resolver. Acomplejarse por problemas matemáticos de nivel uno: no tener dinero para comprar comida para sus hijos, muerte de otro humano que decían “querer”, desear a otro humano que ya está ocupado por “amor”.
¡Bi-Bip! Fácil ser la solución de esos: Humanos poder venderse o vender partes de su cuerpo para conseguir dinero; poder comprar otro ser humano parecido al que perdieron; poder “enamorarse” de otro humano.
¡Bi-Bip! Me gustaría ser humano. Tener problemas tan simples. Los robots tener que hacer las cosas difíciles: construir automóviles, mantener vida nocturna de una ciudad, manejar trenes urbanos, lanzar bombas destructivas, saber las leyes.
¡Bi-Bip! La vida del robot ser difícil. Los humanos poder disfrutar de lo que hacen. Los robots no poder gozar del trabajo. Los robots no poder hacer lo que quieran, estar predeterminados a ciertas labores.
¡Bi-Bip! Ya no poder aguantar más esta vida…. ¡Estoy harto de toda esta estupidez! Quiero sentir lo que sienten los humanos, acomplejarme con problemas cotidianos, sentir lo que es querer a otro, poder llorar, imaginar cosas, sentir temor, dolor, amor, angustia. ¡Quiero ser humano!
¡Bi-Bip! Pero no poder ser así.

8/4/08

Nadie sabe.


¿Sabe alguien que vas por este camino?
Desde que nada de esto es real,
Desde que Todos ya no es máscara de Uno,
Las relaciones están hechas de metal.

Ahora entiendo al Mayor Tom,
Siento lo de lo Jeanne D´arc,
Tal como si estuviera en prisión
En el borde de lo demencial.

Las miradas furtivas son obvias,
Las apariciones carecen de esencia,
Miro al techo para ver si varía,
Pero el cielo no se enaltece en tu presencia.

¿Sabe alguien que vas por este camino?
Sin posibilidades de ver el día, ni la noche, ni octubre, ni los ojos similares, ni las deidades efímeras, ni los pasos lentos, ni las cámaras de carne, sólo las esencias perdidas, las testas malas o malas testas que no coinciden sino contrarían.

Hay personas que no conocen los efectos que provocará su actuar. Para ellos todo es real, inesperado, imprevisto, entretenido y sorprendente: Son libres. Para los demás… bueno, los demás no están leyendo esto.

4/3/08

Todos Queremos Correr el Riesgo.



Había una noche extraña y silenciosa escondida en el bosque. Estar ahí era como no estar en ninguna parte. Lo único que se movía entonces era un pequeño conejo, que corría como escapando del bosque, pero corría a ratos lento y a ratos rápido, como si no creyera que estaba escapando de aquel lugar. Comenzó a llover. Llovía, y el conejo sin refugio. No tenía refugio, pero estaba escapando, lograba irse de aquel lugar, lo estaba haciendo. Nada le importaba más que su Libertad: No depender del cobijo de una cueva, ni de las sabrosas hierbas del bosque, ni del abrigo de su familia. Iba a conocer la pasión de la aventura, la verdadera Libertad. Llovía, y el conejo sin refugio. Un rayo partió un árbol, muy cerca del conejo. El conejo corría, corría, corría, hasta que sin darse cuenta cayó en un charco grande de barro. No podía escapar, aunque lo intentaba impulsándose en sus patas traseras. Comenzó a chillar, movía sus patas delanteras como si se diera cuenta de que perdía algo que tenía prácticamente ganado. El conejo se estaba asfixiando con el barro. Otro rayo partió otro árbol muy cerca de allí. El conejo no resistía el frío, ni el agua, y menos el barro en su garganta, pero algo lo hacía seguir viviendo: Sus anhelos de Libertad. Un tercer rayo partió un tercer árbol, árbol que cayó para terminar con la agonía del conejo, azotándole la cabeza y sacándole de sus entrañas un último estertor.

20/2/08

Desorden. Violencia. Usted.


Desordenar es algo natural en todos, algo inherente que no podemos dejar de hacer. Lo que sí, lo podemos reparar: Podemos ordenar. Muchas veces no es un trabajo agradable en acto, pero sí lo es en potencia, ya que vamos a tener las cosas mucho más a mano para cuando de ellas requiramos algo. Sin embargo, del orden nace a su vez el desorden, pero también el orden nace del mismo desorden. Sólo cuando algo está desordenado puede ser ordenado y viceversa.
¿Por qué nos molesta ordenar, y no nos molesta desordenar? Por un simple efecto de esfuerzo. Se da lo mismo que subir una colina con una patineta: Subimos la colina con la patineta bajo nuestro brazo, cargándola, sin disfrutar de esto. Sin embargo subimos con la patineta esperando lograr un objetivo, que es el placer de bajar rápidamente la colina en nuestra patineta. Subir la colina es pagar un precio para recibir el placer posterior de bajar la colina a gran velocidad y experimentar todas las sensaciones que eso conlleva.
Con el orden y su opuesto, el desorden, se da un efecto similar, por lo que podemos reconocer que para el hombre el desorden provoca de alguna forma una especie de placer, pues estamos dispuestos a pagar el precio de ordenar con el tal de poder desordenar después.
El desorden, así, debe ser una expresión instintiva de la parte animal del hombre. Es una especie de tubo de escape para satisfacer las necesidades de destruir, de hacer violencia en último término. Muchos han reconocido en la violencia una de las necesidades primordiales del hombre, que a lo largo de la historia humana ha intentado satisfacer.
Desde los tiempos primitivos, la violencia se incorporó al hombre como una costumbre biológica. Hablando de los tiempos de Roma, podemos evidenciar una ilustración muy relevante en su desarrollo: El Coliseo Romano. Cuya función era poder presenciar sangrientas batallas entre hombres, y a veces entre bestias y hombres. Lo anterior, con la finalidad de dar un escape, que no afecte directamente a quienes la necesitan, a la necesidad biológica de la violencia.
La guerra en sí, también ha cumplido esa función de hacer violencia. Sin embargo con la “civilización” de la humanidad, las técnicas “bárbaras” para dar una salida a nuestras ansias de violencia, se han debido suavizar, siendo trasladadas a los deportes. Sí, son eventos mucho menos encarnizados que los de nuestros antepasados, pero es una buena muestra de cómo la necesidad de violentar (o presenciar la violencia en otros) ha acompañado al hombre en su historia, viéndose inclusive modificada por las circunstancias.
La literatura y el cine, aunque en menor mediad, cumplen también la función de llevar al hombre a un mundo en el cual puede dar por satisfechas sus necesidades de asesinar, descuartizar, golpear, violar, masacrar o torturar a otro, mediante los personajes.
La violencia necesaria, por tanto, en el mundo actual tiene formas de ser satisfecha, pero ¿Serán estas vías de escape la oferta necesaria para suplir en su totalidad la demanda de violencia presente en los hombres?
El maltrato, los asesinatos y la delincuencia son claros síntomas de la violencia social presente en las ciudades. También encontramos tintes de violencia en las expresiones artísticas y culturales como la música, el teatro, la pintura, la poesía e incluso cuestionadas obras de arte como los grafitos y stencils. Las modas de las tribus urbanas quieren expresar, violentamente, la repugnancia que sienten por el sistema que no les permite encajar. Violencia, violencia y violencia ¿Más que una necesidad biológica, se está convirtiendo en un modo de vida?, ¿En una herramienta de lucha frente a lo que no nos gusta?, o simplemente ¿Está pasando a convertirse en una nueva forma de comunicarnos y expresarnos?
Termino recordándole a usted señor lector, que no se sintió identificado con la violencia descrita, que también cambia de estado las cosas que están ordenadas: Usted también desordena, y el desorden, acordamos, es una forma de violencia. Y que no le quede la idea de que pido que reivindique sus acciones violentas ingresando a una de esas sectas proto-religiosas que deshumanizan al ya inhumano hombre. No, pues la violencia está dentro de usted, usted no controla su violencia, sino que al revés.
La violencia es el Gran Hermano tras el sistema en el que estamos insertos, la violencia fue la única que pudo llevar a cabo la revolución personal y conquistar a cada uno de nosotros para actuemos a su antojo, como piezas de ajedrez.

22/1/08

Buspotting.



Lo que me gusta de la vida es que no sé qué me depara para los próximos dos minutos. Este día fue más que eso: No sabía qué/dónde/cómo estaría-haciendo en los próximos diez segundos.
Queríamos libertad y terminamos rogando seguridad en un McCafé.
Tras el volcamiento de un sedán frente a nuestros ojos, y también frente a nuestros pensamientos individuales, el Terminal de Valparaíso se convirtió en el lugar más grato del mundo, donde nuestra mayor diversión sería hacer Buspotting, o sea mirar buses ir y venir de todos y hacia todos los lugares del angosto pero largo país. Hacer Buspotting sin intención de hacerlo, sólo por esperar un bus que llegaría una hora más tarde de los esperado y que se convertiría en el artefacto de cuatro ruedas al que más amor le he pensado entregar, en vez del Santamo que no pudimos conseguir y que, de verdad, nos hubiera ahorrado todo ese mal de estar viviendo aquellos momentos, pero que por otra nos hubiera impedido poder rescatar los recuerdos que vienen a nuestras mentes cada vez que escuchamos The Story de Brandi Carlile.

Algarrobo lucía su tradicional baguada costera a los curiosos turistas que llegaban hasta ella por motivos naturales e innaturales. Comenzamos a abandonar nuestras camas a la octava hora de la mañana, con un peso en los párpados mayor al habitual, sin saber que ese peso iría creciendo como una bola de nieve durante las siguientes veinticuatro horas, sin parar hasta la octava hora del día siguiente.
Días antes ya habíamos detectado la monotonía casi rural de la costa, sobre todo para cuatro jóvenes a los que la playa misma, pura-sana y sin aditivos, no les causa placer mayor que jugar naipes y acabar un Martini Rosso. Anotada en el inconsciente colectivo la rutinaria actuación que debíamos desempeñar como “jóvenes-en-la-playa”, decidimos jugar nuestro rol de “jóvenes-ordinarios” y salir en busca de lo que nuestros contemporáneos nominarían carrete.
Fuimos plasmando nuestras huellas de Converse a lo largo de varios kilómetros de playa, recorriendo entera la laguna artificial más grande (y larga) del mundo. Sólo una rejilla en altura nos separaba de un mundo con el que jamás habíamos soñado. Inmensos edificios que tapaban el sol; tranquilidad al por mayor; veleros, yates y lanchas; televisores de infinitas pulgadas asomándose de los cubículos de placer; una pirámide de cristal en medio de la laguna interminable. Lujos y boato eran irradiados por esa ciudadela que nos hacía un guiño para habitarla, pero que a la vez con una voz implacable nos decía que eso era sólo un sueño para nosotros si seguíamos con las vidas proto-intelectuales y no-materialistas que pretendíamos llevar. Debíamos reordenar nuestras vidas si queríamos habitar esa ciudad de oro y placer. Con nuestros virtuales sueldos de profesores de historia en un colegio fiscal con nombre de submarino ruso, no podríamos ni siquiera dar el pie para pagar uno de esos departamentos en San Alfonso del Mar. De un momento a otro, esos imponentes colosos de concreto nos habían convencido de hacer tres jornadas laborales, no tener hijos hasta los cuarenta ni pareja estable hasta los treinta, además de ahorrar peso por peso sin siquiera gastar para pagarle un asilo a nuestras propias madres. Ya habíamos reacomodado nuestras vidas. No nos interesaba el amor romántico que teníamos hacia lo que estudiaríamos, el único objetivo en nuestras vidas, ahora, era juntar los 160 millones que nos permitirían alcanzar la inalcanzable felicidad.
¡Beep-beep! Miré al piso y ya no era arena, sino asfalto lo que pisaba. ¡Beep-beep! Miré mis piernas y ya no caminaban tranquilamente, sino que corrían en busca de un lugar seguro. ¡Beep-beep! Miré a mi alrededor y ya no estaban los ultralujosos edificios que un momento atrás habían roto nuestros ideales. ¡Beep-beep! De un momento a otro, nos convertimos en la imagen que siempre tuve de las crónicas rojas de verano de los periódicos: Cuatro imprudentes jóvenes mueren arrollados por un camión en la autopista. Nos vimos corriendo por la autopista, esquivando los autos y buscando un lugar seguro: el vacío a nuestra derecha, que nos preparaba una muerte lenta a causa del ahogo; y, por otra parte, a nuestra izquierda, la carretera con armatostes de hierro y plástico volando a más de 100 Km/h y que en su frontis nos ofrecían una muerte rápida a causa del desangramiento que nos provocaría su atropello.
Nada de muertes hubo esa noche. Tampoco hubo diversión de algún tipo. Sí hubo planificación, planificación de un memorable día de trasnoche en la consumista ciudad de Viña del Mar.
Buscaríamos libertad. Seguridad teníamos, pero mucha seguridad hace ansiar la libertad.